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La cara oculta del Dalai Lama, el Papa del Tíbet
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La cara oculta del Dalai Lama, el Papa del Tíbet

Me encanta la canción ‘Dalai’ de Mecano, pero soy un poco menos ingenuo que Ana Torroja y Nacho Cano, porque la vida me ha vuelto astuto y resabiado. Pero no puedo hablar mal del Dalai Lama porque, además de dar mala suerte, tengo un vínculo personal y profundo con su linaje espiritual, aunque yo elegí la libertad antes de nacer y no tener ningún cargo político.

Recuerdo la primera vez que lo vi en su monasterio de MacLeod Ganj en Dharamsala (India), cuando tuvo la cortesía de saludarnos a un grupo de españoles. Casi lloraba de emoción, pero me salió el instinto periodístico de hacerle fotos. Después me arrepentí de no devolverle el saludo. Luego me lo presentó en sueños el Lama Zopa, y estuve hablando en inglés con el Dalai. Fue un sueño muy real. Años más tarde me quedé con las ganas de asistir a la iniciación de Kalachakra que dio el Dalai en Barcelona, pero no pude asistir por diversas razones.

Al Dalai le pertenecen los numerosos hoteles, restaurantes, comercios o institutos de Dharamsala, así como todas las figuras de Buda que se fabrican allí, y que son enviadas a EE.UU. o a Europa, donde la religión budista está ganando muchos adeptos. Algo que le reporta enormes beneficios económicos.


Dicen que estuvo a sueldo de la CIA americana desde 1.964, pero ¿quién no se hubiera aliado con el enemigo de mis enemigos después de la brutal invasión del Tíbet? La política de aislamiento internacional que practicó el Tíbet tradicional fue nefasta para prevenir e impedir su invasión por los chinos ya que su pequeño ejército sólo tenía lanzas y arcabuces, frente a un ejército moderno como el chino. Fue una carnicería para echarse a llorar.


El budismo está financiado por la Fundación Rockefeller y la banca Rostchild, del Club Bildelberg. También cuenta con el apoyo de la Fundación Nacional para la Democracia encargada de aupar en el poder a sus candidatos favoritos y recibe fondos del multimillonario George Soros así como de la inteligencia india y china.


ENCANTADOR


El Dalai Lama tiene una mentalidad muy británica y sólo dice que es un monje, humildemente, porque es consciente de lo anacrónico que resulta que un líder religioso tenga poder político. De hecho, promete renunciar al poder político tan pronto como consiga liberar el Tíbet. De todos modos existe un Parlamento Tibetano en el exilio elegido democráticamente y hasta hay un presidente laico. Pero su pueblo lo adora más que los católicos al Papa, así como algunos ‘progres’ como yo, que empiezan a tener dudas.

Su sentido del humor es muy divertido, y sus libros son agradables de leer, por lo que es muy fácil empatizar con este maestro espiritual contemporáneo. Al Dalai le encantan los gatos, igual que a Misha, y lo mismo que a mí, pero no soporta que se coman a un ratoncito. Intentó ser vegetariano pero tuvo que dejarlo porque le debilitaba la dieta sin carne, igual que me ocurrió a mí. Los del grupo sanguíneo cero tenemos más dificultades para ser vegetarianos, porque pertenecemos al prototipo de cazador.


Sus palabras me enternecen porque reflejan las verdades más nobles de Buda: todos los seres buscamos la felicidad y tratamos de evitar el sufrimiento. Se sufre al nacer, con la enfermedad y con la muerte. Se sufre al estar separados de lo que amamos y al estar vinculados a lo que no amamos. Se sufre al no tener lo que deseamos y tener lo que no deseamos. Por eso el remedio es superar los deseos. Existe un camino noble para dejar de sufrir que consiste en cultivar una serie de virtudes para crearse un buen karma. Lo mismo que el cristianismo.


EL LADO OSCURO


Sin embargo, la historia de la institución medieval del Dalai Lama tiene también su parte oscura, como ocurre con todas las instituciones de la humanidad. La mayoría de los Dalais murieron envenenados por conspiraciones políticas de poder, exactamente igual que les sucedió a muchos Papas de Roma.


El propio nacimiento de la institución política del Dalai Lama es discutible ya que fue el resultado de una guerra entre bonetes rojos y amarillos que la ganó el Dalai Lama con la ayuda militar de los mongoles.

Cuando el Dalai se trasladaba de palacio en palacio, lo hacía sentado en un trono cargado por docenas de esclavos y, además, figuraba como propietario de 27 fincas, 36 prados, más de seis mil siervos y esclavos, además del gran palacio Potala que contaba con más de mil habitaciones.

Antes de la segunda guerra mundial el Dalai Lama recibió con los brazos abiertos a una expedición militar nazi a la que le dio todo tipo de facilidades y privilegios. De hecho, el símbolo de la cruz esvástica procede de Tíbet e India, pero tiene un sentido religioso diametralmente opuesto al que le dieron los nazis. El Dalai Lama reconoce ahora que pecaron de ingenuos con los nazis.

En “La cara oculta del Dalai Lama” Rosalía Sanz pone a caldo la historia del Tíbet:


El Tíbet se consolidó como lugar de poder en el siglo XIII cuando el imperio mongol, capitaneado por Genghis Khan, entró en el lugar para reactivar su poderosa doctrina budista. Allí se instalaron los príncipes mongoles y los nobles tibetanos.

ESCLAVITUD

La mayoría de los tibetanos vivía bajo un estricto régimen de servidumbre, sin ningún derecho humano. En el palacio del anterior Dalai Lama se encontraron más de cien cráneos, y fueron muchos los siervos que declararon, -luego de su liberación- que era habitual que los lamas efectuaban sacrificios humanos como, por ejemplo, enterrar vivos a niños donde se iba a construir un monasterio.

Porque todas las religiones, -y el budismo es una religión disfrazada de doctrina filosófica- han tenido una relación estrecha con la violencia y con la explotación económica en la que los sacerdotes o lamas son de un rango superior, vástagos de familias aristocráticas, mientras que el pueblo era muy, muy pobre.

Igual que en la Europa medieval, era habitual quemar a las mujeres que consideraban brujas y, si parían gemelos, eran acusadas de haber tenido relaciones sexuales con un espíritu inmundo, y tanto ellas como sus gemelos nacidos eran quemados vivos.

SADISMO

Otro ejemplo de sadismo de la clase alta tibetana, antes de los años cincuenta, era que a los esclavos que infringían sus leyes se les cortaban las manos, la nariz o las orejas. Y se afirma que los lamas usaban como abrigo las pieles de los esclavos asesinados, entre ellas las de niños pequeños. De hecho en Lasa se podría comprar y vender niños con total impunidad, mientras que la mayoría de los recién nacidos morían antes de cumplir un año.

Los esclavos tenían una vida breve y durísima, y una esperanza de vida de 35 años, porque tanto hombres como mujeres laboraban en trabajos forzados durante 16 ó 18 horas al día, además de que estaban obligados a entregar a sus amos el 70% de la cosecha. Sufrían de frío y hambre, y no podían usar los mismos asientos que ellos, las mismas palabras o los mismos utensilios, porque si no eran castigados con latigazos, si se atrevían a tocar algunas cosas de sus amos.

Tampoco podían casarse ni salir de la finca sin su permiso, y eran considerados animales parlantes que ni siquiera podían mirar a la cara a sus amos. Estos les golpeaban, no les daban comida, y los mataban de trabajo. Muchos morían enfermos, a causa de la desnutrición, mientras los monasterios atesoraban riquezas e incluso quemaban alimentos como ofrenda a los dioses.

Era una teocracia en donde la propiedad pertenecía a los monasterios y donde había numerosas fortunas acumuladas por su participación en el comercio, los negocios o los préstamos y además disponían de un ejército profesional para que los terratenientes mantuvieran el orden, capturaran a los siervos escapados o raptaban a los niños para llevarlos por la fuerza a un monasterio. Niños que eran abusados, asesinados o usados como esclavos.

Enfermedades como la viruela exterminaron en 1.925 a siete mil tibetanos, mientras otros murieron de lepra, tuberculosis, ceguera, tétanos, enfermedades venéreas o úlceras. Pero les decían que las enfermedades o la muerte se debían a sus pecados, y que la única manera de prevenirlos era rezar y pagar dinero a los monjes. De los diez millones de personas que vivían en Tíbet, en el año 1.950 sólo quedaban tres millones.

Actualmente Tíbet sigue siendo un lugar en donde la mayoría de la población es pobre, a pesar de su supuesta ‘liberación’ por China, y donde los tibetanos son una minoría marginada en su propio país.
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